Allá en Buenos Aires, las enfermeras van vestidas de enfermeras por la calle, y también los ayudantes de dentista y los estudiantes de medicina en prácticas. Blancos, verdes o azules, eso sí, con los zapatos de calle y la chaqueta de diario (y creo que no sólo ocurre en Buenos Aires).
Daniel y yo estuvimos andando a ratos despacios por unos barrios y otros, cruzándonos con enfermeros y enfermeras, de milanesa en milanesa y despertando las alarmas de algunos garajes al pasar por delante, demasiado sensibles a las pisadas o los jerseys de rayas (digo yo que sería eso...). Vimos un Cabaret, descubrimos que hay McDonald's kosher (donde se comen bigmacs bendecidos por el rabino) y vimos un elefante bailando en un museo bien moderno. Otro día jugamos a cambio radical, más efímero mi cambio que el suyo, eso sí. Aunque yo estuviera menos reconocible, consiguió encontrarnos la Noche Blanca en San Telmo, y nos regaló unos cuantos grabados bonitos, otros no tanto y un cortoconcierto de jardín de cine de verano, a pesar de ser octubre.
Andando de Boca en Boca vi colores en las paredes onduladas por el caminito (el del tango, claro). En esa misma Boca de galerías de arte, tascas y canchas de fútbol hay una caja de bombones tocada por la mano de dios, que uno la mira por fuera, y se pregunta si no será efectivamente dios quien la sostiene de las grietas y arrugas que le vienen saliendo desde "probablemente antes de que la Argentina se fuera al pedo".Ya volví a Madrid, al del metro que vuela poco, y al que me guarda la correspondencia mientras no estoy. El cuerpo se siente diferente sin la mochila, que vuelve cargada con desórdenes varios. Muchos cuentos y muchas telas de güipil usado. (Y todas las cartas que me quedan por responder).

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