Después del agradecido deletreo marino de antes de anteanoche, que dejó entrar por la ventana algo de aire respirable, hoy han vuelto los grillos a los patios interiores bajo mi ventana. Pepitos que no paran, que cantan de seguido (de carrerilla, grilla que te grilla).
Aparte de eso, hoy una niña china vestida de domingo me saludó llena de ojos y de brazos desde dentro de un coche grande y negro, pegada a la ventanilla. Obligada me vi a contestarla desde mi autobús, claro.
Mientras, la señora de enfrente de mi asiento hacía inventario de su bolsa de la compra, metiendo y sacando cosas. Quizás era una compra para compartir, compra para dos. O una compra diferente de la de todos los días, porque el supermercado no era el de siempre. A lo mejor es que se felicitaba a sí misma por llevar a casa todo aquello por sólo unas monedas (porque miraba la bolsa también llena de brazos, y con ojos ansiosos de mirar).
Sin embargo, yo creo que estaba ilusionada, porque por fin se había hecho con una marca gel de baño diferente de la de siempre. De repente, medio escondido entre el plástico crujiente vi la cabeza de la botella asomar, y mirándola como si fuera un tesoro recién encontrado, mi vecina de asiento abrió la tapa despacito, cerró los ojos, y lo olisqueó, con sonrisa de olor a café caliente.
Y qué bien algo tan sencillo.
Hoy también me enteré de que existe el yoga para los ojos... (y según lo que he leído me parece una gran idea).
Los míos ahora mismo se cierran, se cierran se cie

