jueves, 9 de agosto de 2007

Ojos de china

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Sin novedades por el frente marino/doméstico. Mercromina sigue como si se hubiera bebido el océano enterito ella sola (redondita... o todo lo redondita que puede estar un pez chica). Es como un huevo kinder, pero al revés; en este caso es el pez naranja quien contiene los huevitos... no el huevo naranja quien contiene los peces.

Después del agradecido deletreo marino de antes de anteanoche, que dejó entrar por la ventana algo de aire respirable, hoy han vuelto los grillos a los patios interiores bajo mi ventana. Pepitos que no paran, que cantan de seguido (de carrerilla, grilla que te grilla).

Aparte de eso, hoy una niña china vestida de domingo me saludó llena de ojos y de brazos desde dentro de un coche grande y negro, pegada a la ventanilla. Obligada me vi a contestarla desde mi autobús, claro.
Mientras, la señora de enfrente de mi asiento hacía inventario de su bolsa de la compra, metiendo y sacando cosas. Quizás era una compra para compartir, compra para dos. O una compra diferente de la de todos los días, porque el supermercado no era el de siempre. A lo mejor es que se felicitaba a sí misma por llevar a casa todo aquello por sólo unas monedas (porque miraba la bolsa también llena de brazos, y con ojos ansiosos de mirar).

Sin embargo, yo creo que estaba ilusionada, porque por fin se había hecho con una marca gel de baño diferente de la de siempre. De repente, medio escondido entre el plástico crujiente vi la cabeza de la botella asomar, y mirándola como si fuera un tesoro recién encontrado, mi vecina de asiento abrió la tapa despacito, cerró los ojos, y lo olisqueó, con sonrisa de olor a café caliente.

Y qué bien algo tan sencillo.

Hoy también me enteré de que existe el yoga para los ojos... (y según lo que he leído me parece una gran idea).
Los míos ahora mismo se cierran, se cierran se cie

viernes, 3 de agosto de 2007

Todo lo que pasa en el cielo (ademas de la fotogenia)


A pesar de seguir encontrando cuentos allá por donde voy, me retraso semanas enteras para recontarlos. Así que por fin recuento:

Estos últimos días me llegaron por mensajero algunos billetes de avión de recorrido transoceánico que me había pedido. Todas las mañanas me levanto ya en otros lugares (aunque hasta que llegue septiembre sean aún pedazos de sueño). En unas semanas tendré frente a mí dos meses de cielos nuevos (yo miraré para arriba, y buscaré las siete diferencias). Cielos americanos también pero más al sur que los de Diani en espiral.

Los Aires Buenos, las Guates (siempre, siempre, siempre) Buenas y el Bueno que dice el mexicano cuando agarra el teléfono.
Claro, que ya estoy ensayando para no decir palabrotas (que de todos es sabido que por allá no se cogen autobuses ni teléfonos, que resulta de mal gusto).

Agarraré los zapatos con alitas, y me colgaré del brazo de todo aquel que me lleve de excursión (de excursión al supermercado, o de excursión por el bosque de selvas). Trataré de apuntar algo en mi (aún reducido) recetario, para volver y experimentar y utilizar a la pandilla como conejillos de indias para probar mis semi-improvisados menús. Lo mejor será hacer un primer plato dudoso y un postre delicioso (y dejar dulce sabor de boca...). Aunque siempre acertaremos en los entrantes con un plato de deliciosa Sopa de Amor.

Ya me han chivado que habrá alguna que otra abuelita cocinera de quien no perderé oportunidad de aprender...

Me siento cumpliendo una promesa muy gorda, una promesa de aviones, de aeropuertos, de años a miles de años luz de hoy. Promesas hechas en septiembres y cumplidas en septiembres. En cada aeropuerto me espera un ángel, con sus propios zapatos con alas (los ángeles llevan las alas en los zapatos, no en la espalda como se ve en las pinturas). Si se descalzan siguen siendo ángeles, solo que durante ese rato no vuelan, sino andan.

Me asusta el cálculo total de horas al volante imaginario de los cuatro aviones; voy a necesitar música fea y un poco delgado libro viajero. Además ensayaré a no dormir durante las noches americanas, mirando los cielos fotogénicos. Y así me guardo todos los sueños para el traslado, y puedo recontarlos a la llegada (la llegada a donde sea).

En otro orden de cosas, Mercromina mi pez-chica, está definitivamente rellenita de huevos chiquitines por dentro. Cristalmina el supuesto pez-chico, deberá ejercer de padre... (a posteriori, que es como lo hacen ellos), aunque dentro de la pecera no siempre son fáciles las tareas de amor. Igual se me manifiestan por una vivienda digna... Estos dos duermen con los ojos abiertos, y por eso no les despierta la luz (se acostumbraron, como yo, a dormir con la persiana levantada).

Estoy deseando cocinar para quien lea esto y no tenga miedo.
El otro día una chica iba en el metro comiendo algo muy rico y chupándose los dedos.
Y cada vez que lo hacía, sonreía.

(yo creo que lo de la foto era uno de mis ángeles checos...)
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"Nada se pierde... todo se transforma(...)"