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Louis cantaba desde dentro de una chimenea verde delante del museo, alto, para que se le oyera algunas calles más allá. En el museo había una cabeza de Diana cazadora, con su luna en la diadema y un beso de Rodin (entre otros pecados).
Marcelo tiene una tienda con muchos discos en Palermo. La tienda se llama Miles, pero en inglés. No te urgen a comprar desde detrás del mostrador, (como suele pasar en las tiendas en Buenos Aires -"nogracias.SOLOestoymirando...-"). Si la cara de despiste es obvia, Marcelo te deja caer un discreto "Si nesesitás ashuda para encontrar algo, nada más desíme". Y claro, le acabas diciendo. Le acabé diciendo porque Buenos Aires dicen que es tango, al menos en un pedazo, y yo quería mi pedazo del pedazo.
Antes de contestar a mi petición de ayuda, me interrogó como sólo saben hacer los argentinos cuando el tema es que vienes de España (donde todos tienen, como mínimo, un primo por parte de padre). Le inquietaba un poco saber por qué me desconcertaba la ciudad, y yo sin saber cómo quitarle la inquietud, porque ni tenía ni tengo aún muy clara la respuesta. No, que no es que no me guste. Se me ocurrió como razón de peso, que todos los maxikioskos, y los colectivos te exigen monedas, pero nadie te da nunca monedas, porque monedas en el país no hay muchas, y que por eso hacen siempre los precios redondos. Lo de las monedas me tuvo con cara de interrogación largo rato, y el chico que ordenaba los discos me dio una calurosa bienvenida al Sur.
Les felicité por el tango que sonaba bajo la conversación, así que Marcelo lo sacó de los altavoces sin decir nada, lo metió en su caja y me acompañó a buscar un segundo disco para emparejar a mi primera involuntaria decisión. Me miraba con cara de no le contés a nadie que te shevás los dos mejores discos de la tienda. Y decía bajito, como si se tratara de un secreto, que aquellos tangos al piano eran pero recontraclásicos, y que el tipo que tocaba era pianista de puro jazz. Le advertí con una sonrisa que me fiaba de él, y antes de darme mi pareja de tangos se aseguró con un guiño y un nuevo interrogatorio de que no me diera tiempo a escucharlos antes de salir del país (por si las devoluciones).
Mientras pagaba los regalos que me había hecho Marcelo, me retuvo aún un rato con cara de detective, que además de interrogar, hace deducciones. Y dedujo que a mí me gustaba el teatro seguro, y que tenía que ir a ver El Método en un teatro de Corrientes, porque me iba a gustar muchísimo especialmente por ver la versión argentina en Argentina con todas sus reputas, carajos, kilombos y boludeces, y que seguro que ya había visto la película, pero que sin duda esta versión en teatro me iba a gustar más. Y me apuntó el teatro, la obra, la dirección y una segunda alternativa por si acaso. Me dio pegatinas para separar los libros y me acompañó a la puerta para desearme feliz estancia en la ciudad y en el país. En el continente y en cualquier parte de la tierra - me pareció oírle mientras doblaba la esquina-.
viernes, 23 de noviembre de 2007
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"Nada se pierde... todo se transforma(...)"

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