· Un billete de tren Lleida - Madrid. Costó 32,95€. Coche 4 · asiento 14C
· Una nota rasgada con el número 8253 escrito con rotulador verde
· Una pegatina de equipaje de Alitalia, de un Capitán que estaba alojado con Ethiopean Airlines
· Una foto de carnet desenfocada de una niña con un jersey verde
· Dos billetes del metro de París, en dos días diferentes separados entre sí (pero encontrados en el mismo sitio)
· Una tarjeta de embarque del vuelo AB 9532 Milán a Palma de Mallorca. Asiento 11F
· Otra tarjeta de embarque del vuelo XL 730 Guayaquil - Madrid
· Las dos primeras hojas de "Recuerdos olvidados y otros relatos" de Benedetti
· Una pinza-corazón azul gigante, con un dibujo de una niña-sol y unas palabras en checo que Dios sabe qué significan
· Una hoja de un pasaporte de República Dominicana, con un sello y una firma de una tal Daniela (Encargada de la Oficina de Pasaportes), de 1990
· Una cuenta de collar de fimo, bastante grande. No es muy bonita, pero es suave
· Un círculo del tamaño de la moneda de 2€ de papel metálico dorado
· Un trozo de una tarjeta de solicitud de algo, con datos personales de Rudolf, nacido en Praga el 04.03.1970 (a las puertas de la comisaría)
· Dos pedazos de una carta en la que alguien le dice adiós a otra persona [dice "(...)te digo adiós"]

· Y mi preferida: Una tarjeta de visita de Petrita, con tres teléfonos y un número de fax. De la calle Carretas, en Madrid (debajo de "Petrita" pone "SERVICIO DOMÉSTICO")
Y una historia recopilada de la calle también:
Mientras cruzaba la calle Alcalá nada más salir de trabajar, camino de Correos, los coches, como en cada semáforo de la ciudad, parecían a punto de echarse encima de los que cruzábamos.
Entre ellos había un pequeño coche amarillo, cuadradote, viejo. Y dentro dos señores ejecutivos, medio agachados porque el techo les venía pequeño. Con su traje y su corbata. El conductor, con gafas de sol y gomina en los rizos, estaba cabreado hablando por el móvil, y haciendo aspavientos. Como no le cabían los aspavientos dentro del mini-coche, pues le salía el brazo camisero por la ventanilla.
Y fue como si algún gracioso hubiera pedido un deseo a una lámpara mágica, y ¡zas! con un chasquido de dedos, hubiera intercambiado su pequeña lata de sardinas amarilla por un flamante BMW. A lo mejor el ejecutivo de la gomina andaba quejándose a los altos jefes de Los Genios de Lámparas de que habían cometido un terrible error.
Ya me imagino el descapotable gris oscuro parado en mitad del campo esperando a que terminen de pasar las ovejas...

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