viernes, 28 de diciembre de 2007

Una carretera hacia el techo

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Pues a Montevideo entonces.

Salimos esa misma tarde, embarcando como si fuera un avión, sólo que ese avión era un barco y navegaba desde Buenos Aires hasta Colonia (la Colonia uruguaya) cruzando el Río de la Plata. El plan que sólo días atrás sonaba a simple deseo en voz alta, se hizo maleta (o mochila). Yo nunca antes le había hecho la maleta a nadie, pero Daniel cerró los ojos y me confió a sus camisetas. Decisión, compra, maleta y viaje en poquito tiempo.
Me encontré a Daniel desde un taxi cuando él caminaba ya camino del puerto. Los taxis porteños, son baratos aunque te volteen medio Buenos Aires, así que le pedí al taxista que le pitáramos para que pudiera plantarse dentro del taxi él también.

Rellenamos mil hojas de inmigración y nos sellaron la entrada en el Uruguay antes siquiera de subir al buque. O sea, que estábamos legal y oficialmente en otro país antes de haber llegado a salir del anterior. Las fronteras dicen estar donde nos han contado, y sin embargo las mueven y remueven a voluntad y sin previo aviso (Yo no sé de dónde soy... mi casa está en la frontera. Y las fronteras se mueven, como las banderas; que decía Jorge Drexler, que además de uruguayo de Montevideo es mago de palabras).

En el buque con vocación de sala de cine sin pantalla, pero con bar y dutyfree, yo miraba al resto del pasaje jugando a distinguir cuál sería argentino y cuál uruguayo.

Y mientras, Daniel ubicaba, reubicaba y desubicaba tanques de petróleo (o como quiera que se llamen) en su ordenador para avanzar algo de laburo.

En un ratito corto llegamos a Colonia, ya bien de noche y viendo que aquello era otra cosa. Que al otro lado del río nos sentíamos en otro lugar, y que uno de aquellos tres buses nos esperaba para llevarnos a Montevideo. Le preguntamos al señor con camisa con cara de conductor, que cuál iba mejor para Bartolomé Mitre. Nos recomendó unas cervezas en esa misma calle, en el Caballo Trotón o algo así. Nos indicó nuestro bus, y nos preguntó por España y Venezuela. Se alegró de que visitáramos Montevideo, y todo el rato sonriendo, (como si nunca hubiera estado triste) se subió a su autobús.
Esperando estábamos, cuando el buen señor de la camisa, vino a disculparse por haberse equivocado al indicarnos, y nos pidió que le acompañáramos, porque su autobús nos dejaba más cerca. Nos había guardado el único sitio para dos que quedaba dentro. Estaba al lado del suyo, porque el señor de la camisa era pasajero, y no conductor.

La carretera estaba en otro lugar que yo nunca había visto. Estaba más arriba, más cerca del techo del mundo, y no había farolas a los lados, porque la luna, aunque vieja y gorda, aún es bien capaz de hacer su trabajo. Daniel me contaba que las palmeras en Venezuela son como las de las películas, tipo Corrupción en Miami, y que las de esa carretera, (él se había fijado) eran más bien peludas. Era de noche dentro del autobús, y yo ya quería llegar sin que dejaran nunca de rodar sus ruedas, y sin dejar nunca la carretera negra con sombras de cables y casitas desperdigadas con lucernas.

El camino se hizo sin radio ni hablares en voz alta y buscando almohadas que como nosotros tampoco quisieran dormirse.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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La cervecería recomendada por el señor autobusero fue muy probabelmente 'El Pony Pisador', en clara referencia a la taberna homónima de El Señor de los Anillos (ESDLA, en los círculos freaks). De cualquier manera el lugar no destacaba por nada en particular más allá del propio nombre.

Por cierto, para cuando mas posts?

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"Nada se pierde... todo se transforma(...)"